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¿Por qué escuchamos canciones tristes cuando estamos mal?

Me amas y por ello te amo

Nos amamos

Amarte es un placer

Te amo, me pagas el arriendo

Me haces tanto bien

Me vuelves loco

No puedo vivir si ti

Mi mundo es completo contigo

Sin ti no soy nada

Eres todo lo que tengo

Soy mejor persona cuando estás tu

Por favor, Ámame

Me resuelves la vida

Estando tu, no moriré solo

Mi vida empieza y termina contigo.

Tú eres mi mundo.

No sabría quién soy si te pierdo.

Sin tu amor, no hay vida.

Vivo por ti y para ti.

Eres el aire que respiro.

Me duele amarte tanto.

Eres mi adicción más dulce.

Tu ausencia me quema.

Prefiero sufrir contigo que ser feliz sin ti.

Te fuiste y te llevaste mi alma.

Desde que no estás, todo es vacío.

No sé cómo seguir sin ti.

Eres la mitad que me falta.

Tu ausencia pesa más que mi vida.

Sin ti, hasta el tiempo se detiene.

El mundo se apaga cuando no estás.


Todas estas frases las has escuchado en canciones. A través de ellas aprendiste sobre el amor. La música ha sido la brújula que nos ha guiado el entendimiento sobre el amor y a como comportarnos cuando lo experimentamos; y mucho de nuestro repertorio surgió de una cultura que nos lo mostró de esa forma.

En las letras de muchas canciones se habla del amor romántico, del amor dramático, del amor patológico y de otros más. Y vivimos el amor sin conocer siquiera la existencia de estas distinciones. Solo es amor, sobretodo el primero de ellos.

Y las canciones, en especial las románticas, hablan del amor, temas con los que crecimos, cantándolas y escuchándolas miles de veces porque resonaban con nuestra emoción, con la pena y con la alegría o con aquello que identificamos como amor.

El sufrir por amor, el estar eufórico por amor, el tener un sentido de la vida con ese amor que cambió nuestro destino, nuestro propósito, a veces hacer tonteras, a veces cometer delitos, a veces ser intransigente o ir en contra de nuestros propios principios y valores, todo por amor. Hasta nos dispusimos a conquistar el mundo por amor.

Mucho de lo que contaré aquí surge del estudio más que de experiencia personal. Tengo que mencionarlo no vaya a ser que luego me pasen boletas vencidas por creerme más de lo que soy. No pretendo dar cátedra, sin embargo, es un tema que me apasiona por el trasfondo de obviedad con el que opera durante la vida. El amor se siente, no se piensa, aunque a veces es bueno hacerlo.

La obviedad del amor se resume en que es algo natural, es normal, que le ocurre a la mayoría de las personas, que viene y se va, y que ojalá sea para toda la vida recíproco y con igual intensidad. Ignoro si esto es algo que se conversa desde una perspectiva filosófica entre las parejas.

Pues bien, te invito a mirar un poquito del fondo y de la forma de amor.

Estilos musicales y el amor

El verano pasado, yendo a la costa con mi hijo mayor tuvimos una interesante conversación sobre el amor. En particular, hablamos sobre la música vinculada al amor. Sobre los estilos musicales y como cada uno expresaba las diferentes emociones. Desde entonces vengo rumiando este asunto.

El bolero es amor idealizado, es el clásico amor dramático que habla del apego, de la devoción eterna. El del bolero es un amor ansioso. Se sufre para demostrar cuan intenso es ese amor, si no, no vale. Bésame mucho, quizás, quizás, quizás, pero después de disfrutar la ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor.

El tango trata del amor que duele, de la vieja laburando en la casa, del barrio y la vida. El tango se desvía hacia el amor patológico ligado a la pérdida y al dolor extremo. Sale jugando y combina la miseria de la vida con la miseria del amor: me dejaste solo con mi orgullo, tu amor fue una traición.

La salsa y el son cubano cantan el encuentro y el desencuentro, de la pasión, del amor y del desamor, el desengaño. En la salsa se está deprimido pero moviendo las caderas. Es drama y resiliencia: te quiero, pero la vida sigue, pues se baila, aunque duela.

La bachata es intensamente melodramática y hace apología del amor obsesivo, el apego crónico y la dependencia. Habla de la infidelidad y de la pérdida: te fuiste y me dejaste roto. Fallé, pero aún te quiero

El trap es explícito en mostrar deseo y excitación, es la obsolescencia programada del amor, es funcional pues aquí nada es para siempre. Es narcisista porque: yo no me enamoro, consumo; y porque si te vas, hay otra.

El reguetón, los corridos tumbados y el urbano es sexualidad desafectada, usa letras explícitas en clave de dominio y poder; incluso es porno. No hay vínculo, el otro es objeto de control, de uso, ni siquiera de deseo. Aquí el amor es un riesgo: yo perreo sola.

La ranchera es amor dramático, del orgullo herido y la dignidad perdida. Muestra más compromiso y fidelidad que los anteriores: no eras para mi y me voy con la frente en alto.

Y finalmente la cumbia es un amor cotidiano, mas normalito, amor social con harto apego, drama y miedo a la soledad: vuelve que te necesito pues sin ti no se vivir.

¿Por qué escuchamos canciones tristes cuando estamos mal?

Sin duda la música aporta sazón a la vida, dirige las emociones y permite descifrar algunas de ellas cuando no sabemos distinguirlas. Muchas canciones sirven de contenedor emocional, otorgan alivio y ayudan a entender que no se es el único experimentando esa alegría o sufrimiento extremo.

Sin embargo, la música tiene ese componente dramático, incluso patológico que nos toca. Y no es que todo amor sea dramático o patológico, pero, raya para la suma, lo es en algún momento, sobretodo cuando deja de serlo.

El amor puede ponernos hiperactivos, rumiando, ansiosos y agitados, o hipoactivos, apáticos, vacíos y desconectados. Según esto, buscamos las canciones que nos pongan a tono.

Resulta disonante escuchar música alegre cuando estamos tristes. Nos descoloca, incluso podría ser algo emocionalmente violento. Ese mensaje buenista de nuestros amigos “vamos, alégrate”, cuando estás en el hoyo, es de lo peor. Equivale a invitarte a bailar en el funeral de tu gato.

Escuchar música triste cuando estás triste es coherente. Contrario a lo que pudiera creerse, produce alivio, baja el caos interno y regula las hormonas involucradas con la finalidad de buscar estabilidad en el tornado emocional. Es como ordenar el dolor y la tristeza, dejándolos más contenidos y menos desbordados.

Por eso la música triste es universal y vende tanto. Invita a sentir más y, tal vez, mejor. Y puede ser adictiva.

El problema surge cuando la música deja de acompañar, deja de regular y se transforma en un sustituto y en la única fuente de regulación. Cuando dejas de identificarte con ella y la música pasa a definir como debes sentir. Cuando entregas tus mecanismos de regulación y te abandonas.

Me ha parecido muy entretenido entender cual es el ritmo que se podría ajustar al sentir amoroso a fin que logre apoyar de mejor manera su devenir, el drama, el apego, el abandono, la obsesión, el vacío.

Desde esta perspectiva me pregunto ¿qué estilo musical sería el de un amor iluminado, perfecto, sincrónico, puro, simétrico, parejo e ideal. Sin problemas, sin desamor, sin apego ni egoísmo? Tal vez cuerdas de violines y campanas , saxos y contrabajos.

¿Cuál es tu preferido? En lo personal, sienta lo que sienta, tengo muy claro que no escucharé ciertos ritmos.

Me gusta el blues en el jazz , la depresión que te define un mood, un estado de ánimo. Te lleva a lo más hondo para desde allí resurgir, escuchando esa música que te apuntale.

Esto no implica que porque te guste un estilo particular de música tienes obligadamente que vivir en ese estado de ánimo o interpretar el amor según se expresa allí.

Sin duda, no podemos atribuir a la música nuestro comportamiento en la respuesta amorosa, pero vale la pena conocer que en la música tanto como existe un llamado a acompasar la maravillosa experiencia que es el amor, también es importante entender el amor desde una perspectiva de desrregulación emocional muy vinculada a la neurobiología, y que se puede manejar voluntariamente.

Y eso lo trataré en una segunda parte.

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