El Viejito Pascuero, San Nicolás y el Algoritmo
Como todos los niños, cuando pequeño creí en el viejito pascuero. Aguardaba los regalos con mucha expectativa y durante los meses previos a la navidad me portaba bien para que me trajera lo que anhelaba. Mis padres disfrutaban de ese buen comportamiento y agradecían la fecha porque lograba lo que durante el año no conseguían que yo cumpliese.
Así, tempranamente, el viejo pascuero pasó a engrosar la fila de seres que cumplían, sobre los niños de mi tiempo, una labor educativa de control y adoctrinamiento.
Me refiero a ese grupo disciplinario compuesto por Dios, por los carabineros, por el hombre del saco o el coco, por el viejito pascuero y, dependiendo del sentido común de los padres, por el diablo u otro ser aterrador surgido de alguna leyenda local.
Con estos personajes nos regulaban o nos autorregulábamos dependiendo de la oferta implícita en cada uno de ellos. Con Dios y el viejito había esperanza de concesiones o regalos, una promesa de que si te portabas bien recibirías beneficios. Con los otros, si no lo hacías, recibirías castigo.
Y, salvo los carabineros, todos tenían una característica común: eran omniscientes, es decir, tenían la capacidad de saber lo que pensabas y lo que habías hecho.
Hasta hoy no había aquilatado el tremendo poder de este sujeto. No había sido consciente que ¡el viejito pascuero era omnisciente!
Pero, además de él, coexistían otras figuras omniscientes e invisibles en mi vida, pues yo creía eso de vigilar desde lo alto mis actos y pensamientos era una facultad exclusiva de Dios. Con Dios lo podía aceptar, porque, bueno, es Dios, pero que un viejo, un demonio o un roba niños lo sean lo encuentro bastante alarmante.
Haber sido educado en la doctrina del niño vigilado para pensar que nunca estamos solos y que, sin autorizarlo, hayan personajes metidos en la vida íntima observando y hurgando en tus pensamientos, es para darle una vuelta ¿no?
Y luego nuestros padres se preguntaban que porque éramos tan ansiosos.
Santa Claus: ¿Odín edulcorado?

Investigando sobre cual era el origen de esta omnisciencia del viejito pascuero, encontré una historia muy antigua sobre el dios nórdico Odín.
Odín era un dios viejo, barbado, que vestía una capa. Tenía la facultad de saber la vida de las personas. Había sacrificado un ojo para lograr aquello. Además, disponía de ayudantes, Huggin y Munnin, que recorrían el mundo y le informaban. Volaba por los cielos durante el solsticio de invierno, el 21 de diciembre, en lo que se conocía como la Cacería Salvaje. Observaba a los humanos y decidía los destinos, premiándolos o castigándolos. Entraba a las casas por el techo o las chimeneas cuando las puertas estaban bloqueadas por la nieve.
La cacería salvaje es un mito nórdico -germánico, celta, y luego cristiano que se refiere a una procesión nocturna sobrenatural que cruza los cielos. Está compuesta por espíritus, muertos, dioses y cazadores fantasmales. Es un relato bastante terrorífico con ribetes morales. Quien la ve puede morir, volverse loco, ser arrastrado o quedar marcado para siempre. Simboliza el poder que nunca duerme, que siempre vigila y que hay deudas que siempre se cobran, incluso después de la muerte.
Que Santa Claus sea una versión domesticada de Odín es discutible pues hay muchas adaptaciones durante la historia, pero lo mencionado sugiere una posibilidad sobre su origen.
Por cierto, ni Odín ni Santa vestían exclusivamente de color rojo, sin embargo, ese era un color muy utilizado en las fiestas paganas pues siempre ha sido un color sacrificial que hace alusión a la sangre y al fuego. El rojo es un color vital.
San Nicolás, la otra vertiente del Viejito Pascuero

El obispo Nicolás de Mira vivió en el siglo IV en Turquía y tiene una historia un poquito más áspera de lo que suele contarse. Era un hombre de carácter fuerte y poco conciliador. Es considerado un santo algo violento y al parecer no gratuitamente.
Pertenecía al lado duro de la divinidad, y sirvió de ejemplo porque proponía una moral que fortalecía a la iglesia para definir la dirección de una doctrina correcta. Aunque, en su tiempo no existía tal distinción, hoy sería considerado un ortodoxo, y él fue la avanzada de la integridad, de la severidad y la pureza espiritual. Además, aparece en el momento preciso en el que el cristianismo se transforma en la religión oficial del Imperio Romano.
San Nicolás fue punta de lanza de esta iglesia para fortalecer el cristianismo en el siglo IV. Es decir, que cuando la navidad aún estaba en vías de instalación como una fiesta cristiana que sustituyera a las fiestas paganas, la figura de San Nicolás ya estaba presente, y fue útil pues había llegado en el momento correcto para los fines de la religión imperial.
Nicolás de Mira era comprometido con la moral y utilizó la caridad de manera estratégica y selectiva combinando el poder con la misericordia. Por ejemplo, se cuenta que salía por las noches y arrojaba oro para evitar que los padres prostituyeran a sus hijas. Se introducía en las casas para conocer la conducta de los niños, si rezaban, si eran obedientes, pero con un énfasis moral y doctrinario.
En la historia se menciona que ante la incorrección era iracundo, intolerante e incluso violento. Que durante el Concilio de Nicea llegó a abofetear al presbítero de Alejandría por tener ideas contrarias a él sobre la divinidad de Cristo.
San Nicolás era un doctrinario fundamentalista, firme y nada de ambiguo. Nada que ver con la figura de Santa Claus como abuelo bueno que regala a los niños que se portan bien. San Nicolás excomulgaba, condicionaba el acceso a los sacramentos y definía quien estaba dentro y fuera del sistema.
Hasta la reforma de Lutero, San Nicolás era el que entregaba regalos a los niños en navidad el seis de enero. Luego de ello se retorna al 25 de diciembre y es con ocasión del nacimiento de Jesús que llegan los regalos.
Durante la edad media surgió la parte fea de la historia que no se suele contar. Sin la aprobación pero tampoco el rechazo de la Iglesia Católica se comenzó a difundir la narrativa que San Nicolás no actuaba solo, que contaba con la ayuda de seres del inframundo que le acompañaban y que hacían la labor sucia, la de amedrentar, castigar, amenazar e incluso golpear. Eran conocidos según la región de Europa como Krampus (Alpes), Knecht Ruprecht (Alemania), Belsnickel (regiones germánicas) y Zwarte Piet (Países Bajos). Esta tradicion prevalece hasta el siglo XIX.
Estas figuras en las diferentes tradiciones eran lo que hoy entendemos como figuras demoníacas que en su momento la iglesia persiguió y que luego decidió subordinar y domesticar funcionalmente para integrar a los nuevos pueblos que se sumaban a la religión. Posteriormente, la historia se fue reconciliando y aquellos ayudantes malignos se transformaron en entes colaboradores en la fabricación de los juguetes.
Coca -Cola: blanqueando y coloreando a Santa

En 1931 esta empresa de bebida gaseosa fijó en la mente de las generaciones venideras la imagen de un Santa Claus gordo, risueño, algo torpe, bonachón y con apariencia de abuelito.
Entre los siglos XI al XIX Santa había sido asimilado a la figura de San Nicolás y descrito con ropajes de colores verde, marrón, azul, morado, dorado y rojo. Ya desde fines de 1890 se le comienza a dibujar como un ser bonachón, alegre, risueño y vestido de rojo. Finalmente es la Coca Cola quien patenta la imagen y define el color rojo como vestimenta estándar.
Sin embargo, el viejito pascuero de la Coca Cola no eliminó la omnisciencia, sino que la amortiguó porque este es un santa Claus que, si bien sabe lo que hiciste durante el año, no castiga, no amenaza ni juzga, solo trae alegría y regalos para quien bebe la gaseosa. Quien la beba merece ser querido.
El algoritmo
A medida que crecí, esos personajes que conocían mis pensamientos y mis actos fueron desplazados por otras entidades mas reales, sofisticadas y mucho, mucho más perversas.
Apareció la psicología y con ella la conciencia, que como mecanismo de control interno cumplían un rol similar, ya sea a modo de reemplazo o complementario a la figura de Dios.
Luego surgió la muerte como examinadora, supervisora y como acechadora permanente. Con ella venía aparejada la promesa de la trascendencia y la vida eterna, pero también el temor al limbo (en mi época aún no había sido eliminado) y a la posibilidad de arder en el infierno o de retornar mil veces para limpiar el karma. Nuevamente, premio y castigo.
Ya más adulto surgieron los que sin duda son los más viles mecanismos de control de todos, los que, sin serlo en sentido estricto, son sistemas de poder omniscientes que saben lo suficiente sobre mi persona como para juzgar y gobernar mi vida. Me refiero al Estado, al Servicio de Impuestos Internos y al mayor y más maquiavélico de todos, al algoritmo.
El algoritmo es esa entidad invisible, que hoy por hoy, lo quieras o no, está por encima de todos, vigilante y atento a los movimientos. No tiene rostro, aprende permanentemente, toma decisiones sin justificarse, no duerme ni descansa y castiga sin sentir culpa.
Y es el algoritmo el que más me amedrenta pues, según dicen, sabe más de mi que yo mismo. Según predijo el fallecido presidente Piñera, puede insertar pensamientos e instalar sentimientos.
A diferencia de Dios que promete la salvación y del viejo pascuero que trae regalos y alegría, el algoritmo no tiene relato, no promete nada, no le interesa saber que hiciste, sino anticipar lo que harás. El algoritmo no juzga, es eficiencia y omnisciencia operativa, sin conciencia. Dios y Santa son serotonina, el algoritmo solo ofrece dopamina y adrenalina.
Antes de conocer la historia creía que la figura de Santa era pagana, que competía con la del niño Jesús, sin embargo, San Nicolás, en realidad antecedió a la idea de la navidad en la propuesta cristiana de las fiestas celebradas durante el solsticio de invierno.
Aunque no dejo de tener en mente que tanto la navidad como el viejo pascuero han sido estrategias del poder instrumentalizadas por la Iglesia y la economía, me quedo con su espíritu en la profundidad trascendente del nacimiento de Jesús y del Sol y me reconcilio con Santa, aunque ya no le deje meterse en mi cabeza y saber lo que hice el verano que pasó. Eso se lo dejo al algoritmo en una nueva versión de cacería salvaje permanente.
Te felicito por tu publicación. Una detallada historia a cerca de la navidad, que desconocía.
Me gustó mucho y me transporte a los tiempos de mi niñez, en que mi papá nos sacaba a pasear previo a la nochebuena para ver si encontrábamos al viejo pascuero repartiendo regalos. Asi le dábamos tiempo a mi mamá que se había quedado en casa preparándolo todo, regalos incluidos y la cena de pascua.
Hola Sergio, aplaudo tu narrativa y manera en que expones las ideas!!! Me han hecho mucho sentido y entiendo que llegado el momento, cada cual pone en su cabeza lo que le conviene, le gusta o también es indulgente.
Gracias por regalarnos estos escritos, que al menos a mí, me resuenan siempre.
Un abrazo